Las frutas de Adrián

Este cuento de Navidad, no pretende serlo, simplemente es. (¡Qué profundidad de palabras!) Empezará, sin duda, con una típica entrada, la más usada de las introducciones y terminará, como todo cuento de navidad, con buenos deseos y momentos felices; así que no esperen mucho.

Las frutas de Adrián.

Hace muchas Navidades en una pequeña y pintoresca ciudad denominada Villahermosa de San Juan Bautista en tiempos de nuestros abuelos vivió un niño al cual llamaremos Adrián. Menudo nombre el que se le ocurrió al humilde cuentista, puesto que pudo ser Pedro, Damián, Alejandro o, el más reciente, Alfredo. Sin embargo, Adrián era diferente a todos esos, pues éste siempre se levantaba muy temprano como a eso del medio día, pues dígame usted quién se levanta tan temprano estando de vacaciones. Sólo nuestros abuelitos harían semejante hazaña.

En fin, Adrián se levantó al medio día de la Noche Buena intentado buscar algo que ver en la televisión sin encontrar nada más que Harry Potter y la Piedra Filosofal en Warner Channel. Y pregúntome yo si no había nada mejor que hacer como ayudarle a mamá con el horneado, cocinando la carlota que sería el postre o de plano barrer la casa. No, la idea era esperar la hora de bañarse para ir a la cena y probablemente esperar gritos en la noche de sus papás apurando a su hermana, o de sus papás discutiendo hasta qué hora estarían en casa de sus abuelitos para ir con los otros, entre otras discusiones absurdas de todos los años. Finalmente se tomarían una foto donde se finja lo feliz que son los cuatro.

¡Ah! Porque para esto, las fotografías de la casa eran meras apariencias. O tal vez Adrián no se daba cuenta de lo que realmente implicaba una familia con sus discusiones absurdas y sus pleitos entre hermanos. Y sin embargo tendría que hacerlo.

Así se acercaba la hora y tras aventarse unas 3 horas de viendo al maguito de la cicatriz en la frente apagó el televisor para ponerse a escribir y ahí entró en la cuenta de que no sabía que iba a escribir. Sus momentos de inlucidez habían durado ya varias semanas y no le hayaba explicación alguna, por lo que probablemente escribiría lo que haría ese día hasta llegar al punto de no saber qué más escribir.

Buscaba con la mirada inspiración y de repente a su mente empezaron a llegar imágenes seguidas por el pitido de un celular que no había usado nunca y esa voz al otro lado del teléfono, esa voz humana, le decía al otro lado que pasara una Feliz Navidad y fue ahí, fue en ese momento que recordó que, además de los problemas en su casa, además de sus problemas emocionales, personales, psicológicos, ilógicos y demás, tenía algo muy importante...

La cena transcurrió normal como todos los años, con su padre y sus tíos recordando viejos tiempos en un pueblo que a penas logró conocer Adrián en su infancia, en donde las posadas eran festividades enormes, llenas de color, de alegría, de pueblo, de unidad, como si todos ahí fueran familia. Luego seguro que hablarían de la crisis que se viene para el 2009, como si fueran previsores del futuro, psíquicos sin escrúpulos.

Luego irían a casa de la mamá de su mamá, es decir de su otra abuelita. Ahí la otra cena transcurrió como todos los años, con la esperada visita de la familia lejana, con la alegría de los más pequeños, con las carcajadas de su madre, con las historias políticas del un tío y las historias científicamente comprobadas de su hermano.

Ya era demasiado. Adrián salió a la calzada donde su abuelita vivía y sentóse a contemplar las estrellas, con ese frío serenal que sentía, con aquella nostalgia de no saber nada, con aquel sentimiento recargado, con el ruido de los cohetes prohibidos por el gobierno que mágicamente aparecieron.

Volteaba y miraba el añejo nacimiento que armaron primos y tíos. Figuras tan viejas como sus predecesores. Y arriba, una estrella de luces.

Requería una explicación de peras y manzanas. Y las peras empezaron a aparecer junto con las manzanas y tenían nombres tan diversos: se llamaban Wendy, otras se llamaban Abril, alguna pera era Fernando, otras manzanas eran Karely y entre peras y manzanas encontrábamos tantos nombres y unas peras eran más viejas que algunas manzanas y viceversa con Eires, Yolys y Sarahs, con Benos, Pablos y Césares, con tantos nombres raros como Alan o Melisa, como Bertha, como Andreas y como muchos otros nombres. Y con todas esas frutas alrededor suyo recordó que esa razón que lo hacía feliz esa noche era tener no tantas ni pocas peras y manzanas, sino las suficientes como para poder sobrevivir. Y sonreír. Y así lo hizo.

Fin.

De mí para ustedes. Los amo mucho y espero que pasen la mejor de las navidades. Sé que es todo menos cuento, pero hice el intento. Risas neuróticas.

4 comentarios:

Eva María Ashanti Zaragoza Marín dijo...

oopsy!
Se me olvido agregar "persona" después de aquella :O

sorry!

por cierto, te tengo una recomendación!
Ya viste "Vicky Cristina Barcelona"
si la respuesta es sí, ¿verdad que está padre?
Si la respuesta es no, ¡que esperas para verla!

Eva María Ashanti Zaragoza Marín dijo...

ah! y felicidades

Anónimo dijo...

Uumm porque una pera?? Mejor una manzana...es más simvolica no?

Javier dijo...

La pera tiene un simbolismo muy raro y especial para mí...en ese entonces...ahora quiero aplastar a la pera u.u hacerla papilla y dejar que se pudra.