Mortem


Generalmente cuando uno muere creemos muchas veces que ese ser amado se fue al cielo, a pesar de que sepamos las cosas malas que ésta haya hecho en vida. Y es que el mexicano es tan especial que para lo que en otras culturas es malo, para nosotros es totalmente bueno.

El mes de Noviembre dio inicio con la llegada de la puesta de altares en toda la república; nuestra manifestación de culto a la muerte. ¡Qué tradición tan maravillosa! Ese hecho de montar altares y que este año montara dos: uno con mis compañeros de la Universidad, con el cual ganamos un segundo lugar de 11 participantes que hubo; el otro lo hice con mi abuelita quien, desde que yo tengo memoria, nos pone a trabajar en esta tradición ya sea cortando papel, comprando flores, poniendo velas, amasando la masa de los tamales o comiéndolos.

Luego el rezo, las oraciones, las plegarias, la comunicación con los muertos, el momento compartido con los vivos, comiendo esos tamales, bebiendo champurrado, riéndonos de la calaca, flaca, escualida, pálida, débil y frágil. ¡Qué momentos! Pero hay que conservarla (la tradición) con su escencia y no como una mera necesidad de gula.

Y por ello, elevo mi plegaria al cielo, a las estrellas, a la luna y al sol por aquellos seres que tanto amé en vida y que sigo amando en su muerte para que en su mundo paralelo vivan mejor y sonrían. Que los extraño, sí, pero de su muerte aprendí a valorar muchas otras cosas y en ese sentido hay que agradecer. Suena horrible agradecer la muerte, pero así debe ser.

Por abuelito Jorge, por tía Yoly, por tío Eduardo, por tío Beto, por bisa Juanita y por todos aquellos que no conocí bien, que no compartí tantas cosas, porque en mi inmadurez no supe lo que tenía. Gracias a ellos por vivir, y gracias por educarme con su muerte.

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